No se como pasó pero él llegó a verme. No pude apartar mi mirada de sus ojos enfocados que por primera vez usó. O quizás yo le presté atención. Y no sentí nada. Y sentí todo. Me sentí ridícula cuando de los ojos ví el brillo escurridizo que enhebraba sus arrugas y me di cuenta que fui yo quien nunca lo miró. Él si. Él escuchaba el silencio de mi vergüenza, olía mi perfume de mujer agitada y podía si quería tocarme y ver como mi fibra bailaba al compás del ritmo exagerado que elegía mi corazón.
Por eso nunca abrió la puerta. Él podía verme. Yo a él, elegía que no.
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