miércoles, 18 de mayo de 2011

La trastienda

Renata Marino
Los encuentros se hacían en la trastienda de la galería de arte de la calle juncal, un espacio mágico al que concurrían artistas plásticos, escritores, músicos y otros personajes vinculados con el arte.
Corría el vino, y los cuentos y teorías más alocadas cobraban vitalidad.
Saverio, su dueño y gran anfitrión, y Ettore, el más habitual de los concurrentes, conformaban junto a Carla y Elisa, el elenco estable al que se unían visitantes ocasionales.
El clima uterino de las reuniones siempre propició comentarios intimistas y elucubraciones inconfesables.
El delirio por la transgresión de toda norma o límite fue siempre un estímulo y un desafío.
Allí se gestaron los más imaginativos camuflajes para sacar del país obras de arte sin pasar por el control aduanero.
Dudo que allí se llevara a cabo un plan delictual sino más bien, una actividad lúdica que despreciaba todo riesgo.
Fue por eso que ninguno de los que hubieran participado alguna vez de esos encuentros se asombró realmente, cuando el noticiero del 4 de mayo mostró en pantalla el frente del local y saliendo de él, la imagen de Saverio y Ettore con las cabezas cubiertas y subiendo al patrullero.

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