(Escritura automática) por Jorge Crom
--Vos seguí desde el cuarto compás, prestando atención a tu mano derecha.
La anciana se dirigió a la puerta y abrió. Aunque el rostro y la sonrisa le resultaban familiares, fue el sonido del timbre lo que la inquietó. Esa forma tan particular de tocar dos veces, una corta y una larga. Pero la figura de la puerta no estaba vinculada a su memoria.
-- Hola – le dijo la anciana, cuando la mujer parada en la puerta volvió a tocar el timbre de forma ininterrumpida. Ahora sí, era esa forma de sonar que ella conocía. Pero no era él.
--Y vos ¿quien sos?-- le preguntó.
La mujer de lejano parecido le respondió:
--Vengo a traerle esta caja para Ud. Señora.
La anciana tomó la caja con desconfianza y sintió el peso de su contenido. El papel era muy colorido y delataba la minuciosidad con la que había sido envuelto.
--Perdón, pero ¿esto es para mí?– interrogó la anciana.
La etiqueta lo confirmaba: PARA TI MAMA.
--Perdone-- dijo la anciana, ahora sin tutear a la mujer – pero ¿esto se lo entregó Roberto para mí?
Con ansiedad rompió el papel y abrió la caja. El coatí yacía de costado, inmóvil, frío.
--Alguna vez se tenía que morir. Pobre Pancho– suspiró la anciana – Pero dígame, ¿qué novedades tiene de mi hijo?.
La mujer intentó disimular la lágrima que le caía por la mejilla. Tomó valor y dijo:
–Soy yo mamá.
La anciana dama se desvaneció haciendo que el rígido coatí saltara de la caja. Desde el fondo de la casa se seguía escuchando en forma repetitiva el cuarto compás de la Zarabanda.