martes, 21 de junio de 2011

Por hambre



Por Jorge Crom

--Sí-- le contesté al periodista – lo hice por hambre.
Las imágenes reproducían fielmente las caja del camión jaula volcada al borde del camino. Unas cuantas vacas sueltas pastaban sin acusar recibo de lo sucedido.
--Eramos ocho. Todos del barrio de aquí a cien metros – insití. 
El charco rojo estaba coronado por la cabeza del inocente animal que con su vacuna mirada interrogaba al televidente. 
--Con este facón que uso para el asado, la fui carneando– dije, cuando el periodista y su camarógrafo decidieron dar por terminada la nota.
Nos quedamos en el lugar a la espera de los otros medios para volver a dar testimonio, cuando el Panza nos avisó que ya era tiempo de retirarnos y subir al micro para San Vicente.

Pobre Pancho


(Escritura automática) por Jorge Crom

--Vos seguí desde el cuarto compás, prestando atención a tu mano derecha.
La anciana se dirigió a la puerta y abrió. Aunque el rostro y la sonrisa le resultaban familiares, fue el sonido del timbre lo que la inquietó. Esa forma tan particular de tocar dos veces, una corta y una larga. Pero la figura de la puerta no estaba vinculada a su memoria. 
-- Hola – le dijo la anciana, cuando la mujer parada en la puerta volvió a tocar el timbre de forma ininterrumpida. Ahora sí, era esa forma de sonar que ella conocía. Pero no era él.
--Y vos ¿quien sos?-- le preguntó. 
La mujer de lejano parecido le respondió:
--Vengo a traerle esta caja para Ud. Señora.
La anciana tomó la caja con desconfianza y sintió el peso de su contenido. El papel era muy colorido y delataba la minuciosidad con la que había sido envuelto.
--Perdón, pero ¿esto es para mí?– interrogó la anciana. 
La etiqueta lo confirmaba: PARA TI MAMA.
--Perdone-- dijo la anciana, ahora sin tutear a la mujer – pero ¿esto se lo entregó Roberto para mí?
Con ansiedad rompió el papel y abrió la caja. El coatí yacía de costado, inmóvil, frío. 
--Alguna vez se tenía que morir. Pobre Pancho– suspiró la anciana – Pero dígame, ¿qué novedades tiene de mi hijo?.
La mujer intentó disimular la lágrima que le caía por la mejilla. Tomó valor y dijo:
–Soy yo mamá.
La anciana dama se desvaneció haciendo que el rígido coatí saltara de la caja. Desde el fondo de la casa se seguía escuchando en forma repetitiva el cuarto compás de la Zarabanda.

Un cacho de carne

-Otra vez  en problemas?!
-No…
-Cómo que no?! No te estás viendo??!!
Tu única camisa blanca que esta manchada con sangre!
Tu pelo!! No lo siente!?  Qué olor espantoso!!
Ni agua tenemos para que te des un baño!!
No te das cuenta hijo!? Solo traes problemas!
Tus  zapatillas!? En donde estas? …
No llores!!  Siempre en medio de lio!! Que hiciste!? Por favor que hiciste!?
Que haces acá?!  Anda a la  bomba de agua y límpiate la cara!!
Para! . . . que llevas?
-Es solo un cacho de carne.
Paula Yapor

Botas negras

Botas negras corriendo hacia mí, salpicándome en la cara toda el agua que derrama la lluvia.
-Ma Mariela… Mariela!! Me gritaba y yo inmóvil de mis manos, atadas a un hierro frio, sin posibilidad de huir de ellos, con mi cabeza agarrada entre sus manos y la tierra.
Algunos corrieron hacia él. Uno saco una maza de su pantalón y golpeo su cabeza…
-Adolfo!!! Con voz mas fuerte que un cuerpo en agonía.
Nadie lo ayudaba, todos huían desesperados.
Su torso empezó a caer lentamente, pero sus manos tomaron vuelo y, sosteniéndose de las vestiduras del hombre de  botas negras, escapó, huyendo entre los gritos, miedos y clemencias.
-Adolfo!! Adolfo!!
Quedó inmóvil, sin reacción por unos segundos. Se dió vuelta y me miró. Solo el tiempo pasaba por delante de  nosotros.
Que desesperación, que dolor inconfundible, que me penetró en ese momento cuando entendí que la huida era solo de él.

                         Paula Yapor .

sábado, 11 de junio de 2011

Pollo crudo

Por Jorge Crom
La tarde recién comenzaba cuando empezaban a llegar a la plaza los primeros manifestantes. Para Mariela era su primera marcha.  De un vistazo trató de buscar una cabeza pelada sin conseguir encontrar a Adolfo, justo en el momento en que una mujer vestida de largo y pelo platinado peinado de alto se le acercó: -¡Ho-o-o-ola! Mariela la miró sorprendida. No era de esperarse que recién llegada de Estados Unidos y sin conocer a nadie, ya la estuvieran llamando por su nombre. Fue después de unos cuantos segundos que reconoció, debajo del excesivo maquillaje y de esa peluca de nylon, la cara oscura y rechoncha de Adolfo. Ese encuentro sería el inicio de una experiencia que hubiera querido no tener, como comer pollo crudo sin sal.