Por Jorge Crom
La tarde recién comenzaba cuando empezaban a llegar a la plaza los primeros manifestantes. Para Mariela era su primera marcha. De un vistazo trató de buscar una cabeza pelada sin conseguir encontrar a Adolfo, justo en el momento en que una mujer vestida de largo y pelo platinado peinado de alto se le acercó: -¡Ho-o-o-ola! Mariela la miró sorprendida. No era de esperarse que recién llegada de Estados Unidos y sin conocer a nadie, ya la estuvieran llamando por su nombre. Fue después de unos cuantos segundos que reconoció, debajo del excesivo maquillaje y de esa peluca de nylon, la cara oscura y rechoncha de Adolfo. Ese encuentro sería el inicio de una experiencia que hubiera querido no tener, como comer pollo crudo sin sal.
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