Bombones
de licor
Era la hora en la que el débil sol
del invierno se estampaba de lleno contra el ventanal. Nadie a la vista. Mis
abuelos dormían la siesta y yo, supuestamente, también.
Era mi oportunidad. Esos bombones me
llamaban desde que mi abuela los había encerrado en la vitrina, entre la
vajilla reservada para las visitas, pero bien al fondo.
Me asomé al living tratando de
mantenerme en pie porque mis medias resbalaban en el piso de granito recién
encerado.
El camino estaba libre.
Sigilosamente me trepé al sillón y desde allí me estiré todo lo posible hasta
alcanzar el jarrón donde descansaba la llave el mueble que retenía mi tesoro.
Un esfuerzo más… llegué.
Mis manos eran de gelatina y no
atinaban a meter la llave en la cerradura… Si se caía al piso…¡chau! ¡Adiós
bombones!
Por fin el cofre del tesoro se
abrió, ahora había que sortear las copas de cristal tallado y los platos de
porcelana. Mi mano diminuta y las ganas de alcanzar ese manjar estuvieron de mi
lado. Mi boca se empezaba a inundar de saliva cuando escuché el chancleteo de
mi abuelo ¡y yo con las manos en la masa!
Cerré como pude y corrí a esconderme
en un armario de la cocina que servía de despensa.
El espacio era pequeño y oscuro, el
aroma a especias inundaba mi nariz y apenas podía respirar. Pude distinguir una
hendija por la que entraba un poco de aire y luz, a través de ella podía ver
las patas de la mesa de la cocina y aspirar la vainilla de la torta que mi
abuela había preparado durante la mañana.
El sonido del chancleteo crecía y se
acercaba; y detrás aparecieron los pies de mi abuelo, llenos de venas arrugas y
uñas mal cortadas. Esos pies que sacudía sin parar mientras miraba algún
programa en la televisión. Los veía moverse de un lado a otro a otro. Ahora se
sumaban los sonidos de la hora del mate: primero la canilla, la tapa de la
pava, un fósforo, el sonido de la hornalla al encender…
Mientras tanto la tentación fue más
fuerte y ataqué mis joyas de chocolate y licor. Mi garganta retozaba con un
sabor dulce y cremoso que se transformó en calor, calor cada vez más fuerte,
hasta que empezó a arder. Tenía que salir. Volví a otear por la hendidura, me
quedé quietita para escuchar… La pava resopló su ebullición. Iba a ser rápido:
el agua al termo y mi abuelo liberaría la zona. Pero… ¿qué estaba buscando? La
bombilla y el mate siempre quedaban sobre la mesa… la yerba estaba en la
alacena y…
¡el azúcar!
Ya era tarde… los pasos venían hacia mí.
Erica Marino