lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuento de Taller semipresencial CABA


Bombones de licor

            Era la hora en la que el débil sol del invierno se estampaba de lleno contra el ventanal. Nadie a la vista. Mis abuelos dormían la siesta y yo, supuestamente, también.
            Era mi oportunidad. Esos bombones me llamaban desde que mi abuela los había encerrado en la vitrina, entre la vajilla reservada para las visitas, pero bien al fondo.
            Me asomé al living tratando de mantenerme en pie porque mis medias resbalaban en el piso de granito recién encerado.
            El camino estaba libre. Sigilosamente me trepé al sillón y desde allí me estiré todo lo posible hasta alcanzar el jarrón donde descansaba la llave el mueble que retenía mi tesoro.
            Un esfuerzo más… llegué.
            Mis manos eran de gelatina y no atinaban a meter la llave en la cerradura… Si se caía al piso…¡chau! ¡Adiós bombones!
            Por fin el cofre del tesoro se abrió, ahora había que sortear las copas de cristal tallado y los platos de porcelana. Mi mano diminuta y las ganas de alcanzar ese manjar estuvieron de mi lado. Mi boca se empezaba a inundar de saliva cuando escuché el chancleteo de mi abuelo ¡y yo con las manos en la masa!
            Cerré como pude y corrí a esconderme en un armario de la cocina que servía de despensa.
            El espacio era pequeño y oscuro, el aroma a especias inundaba mi nariz y apenas podía respirar. Pude distinguir una hendija por la que entraba un poco de aire y luz, a través de ella podía ver las patas de la mesa de la cocina y aspirar la vainilla de la torta que mi abuela había preparado durante la mañana.
            El sonido del chancleteo crecía y se acercaba; y detrás aparecieron los pies de mi abuelo, llenos de venas arrugas y uñas mal cortadas. Esos pies que sacudía sin parar mientras miraba algún programa en la televisión. Los veía moverse de un lado a otro a otro. Ahora se sumaban los sonidos de la hora del mate: primero la canilla, la tapa de la pava, un fósforo, el sonido de la hornalla al encender…
            Mientras tanto la tentación fue más fuerte y ataqué mis joyas de chocolate y licor. Mi garganta retozaba con un sabor dulce y cremoso que se transformó en calor, calor cada vez más fuerte, hasta que empezó a arder. Tenía que salir. Volví a otear por la hendidura, me quedé quietita para escuchar… La pava resopló su ebullición. Iba a ser rápido: el agua al termo y mi abuelo liberaría la zona. Pero… ¿qué estaba buscando? La bombilla y el mate siempre quedaban sobre la mesa… la yerba estaba en la alacena y…
¡el azúcar! Ya era tarde… los pasos venían hacia mí.

Erica Marino

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