lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuentos del taller semi presencial de CABA


TEATRO CHINO

     Mundo mágico de niñez desolada donde los deseos y las realidades se repelen. Por ese cuarto que oficiaba de dormitorio, escritorio, sala de juegos, comedor y oratorio, se sucedían nuestros días después de la escuela. La cueva a la cual volvíamos cada tarde a refugiarnos.
    Justo frente a la puerta de la cueva estaba la del baño, pasillo de por medio. Era una puerta ancha de madera maciza, engrosada por una cantidad sucesiva de capas de pintura sintética descascarada que ofrecía un muestrario infinito de colores. En el centro de la puerta, con un recuadro de madera como marco, estaba la ventanita de vidrio fijo color caramelo con unos cuadraditos texturados que nos divertía tocar.
    Por ahí, cada noche que se encerraban a deliberar, veíamos como espectadores de un teatro chino de sombras, la función. Sucesión de escenas que luego nos traducirían en palabras entendibles a niños de nuestra edad.
     Apenas había oscurecido y la estufa de kerosene generaba un clima íntimo y cálido de luz amarilla y ojos ardidos. Al olor ya estábamos acostumbrados pero igual picaba en los ojos y en la garganta como la angustia.
    Esa noche la función comenzó temprano. Eran gestos, ademanes, la mano grande se posaba sobre el hombro pequeño tratando de calmar ese cuerpito eléctrico que se sacudía al compás de unos murmullos que alcanzábamos a descifrar.
    Por momentos la mano grande como una garra de hierro apretaba esos hombritos, inmovilizándolos,  reteniéndolos, mientras la cabeza pequeña corcoveaba intentando liberarse.En otros: manos, brazos y hombros se rendían, se aflojaban y caían a los costados de sus cuerpos desapareciendo de nuestro cuadro. A veces la obra terminaba en un serpenteo enredado y tierno. A veces solo salían. Otras, la furia se contenía congelándose en esa escena. Pero esa vez: comenzó despacio y como una música de sinfonía fue “increcendo”, el aleteo ferviente de manos frágiles increpaban y se sacudían, volando como pajaritos alrededor de un tronco alto. Manos grandes imponiéndose, esquivando el choque de esos pájaros enfurecidos,  golpeando con la violencia de una maza que cae pesada contra un yunque, de un zarpazo tomó entero  y en el aire a ese cuerpito que convulsivamente se sacudía.
     No sé si fueron minutos, segundos o años que estuvo suspendido, elevado en poder de las zarpas de hierro, solo sé que fue la última función.
    Contuvimos la respiración como acompañando el momento. No escuchábamos, hacíamos el esfuerzo pero no escuchábamos nada, o tal vez ese recuerdo no quiera salir. Solo veíamos el teatro chino de sombras que nos garantizaba la duda de que aquello no fuera real.


Paula Arcuri

No hay comentarios:

Publicar un comentario