martes, 21 de febrero de 2012

Taller semi presencial CABA


Para no volver 
de Erica Marino

La daga estaba ubicada en su sitio, al lado de la ventana. Desde allí dominaba la vieja casona. Era extraño que su mínimo cuerpo revoloteara por las habitaciones: no le hacía falta. Su filo era suficiente para atravesar paredes y herir los oídos de quien se le cruzara.
Se acercaba la hora en que Juan, su único hijo llegaba del trabajo.
Juan, puertas afuera, era un hombre exitoso, sus carcajadas resonaban por los pasillos del hospital donde trabajaba y sus bromas con los pacientes eran la comidilla de las enfermeras. Eso, y su pinta. Era un hombre de mediana edad, muy bien mantenido, aunque caminaba como si se fuese a desarmar en cualquier momento, pero tenía una mirada que podía derretir un iceberg.
Al cruzar la puerta de la casa se transformaba, era el títere de esa daga filosa. La saludaba con poco ánimo, aguantaba su sarta de reclamos y se encerraba en su habitación, allí abría las ventanas para poder fumar y se sumergía en un libro.
Durante años soportó esa rutina, la daga perforaba, maltrataba, hería, pero estaba hundida en su piel por el peso y la adhesión de la sangre. Era su deber…
Pero los libros que leía tan afanosamente un día le dieron alas para escapar y ese día llegó a su casa, insertó la llave en la cerradura, pero algo lo detuvo antes de entrar. Soltó la llave, giró sobre sus pasos, y no se supo más de él.

Taller semi presencial CABA


Buscándote
de Erica Marino



Como siempre no me importaba nada, ni el cansancio, ni el calor, ni mis hombros doloridos, ni postergarme, ni mi dignidad. Tenía que verte porque sabía o suponía que me necesitabas.
Terminé mi trabajo y tomé el tren. Los minutos se me hacían largos, llevaba un bolso pesado y mi espalda era una tortura, pero seguía ignorando ese dolor porque sentía que el tuyo era más fuerte.
Por fin llegué. Bajé del tren y me dejé llevar por las viejas calles conocidas. Cada una tenía un aroma distinto: tilos, libustros y paraísos que me llevaban a mi juventud…
Aquellos años en que vi tus ojos por primera vez.
Te distingo a lo lejos, me mirás y no me ves, no puedo evitar sonreír porque te noto buscándome. ¡Esperé tanto tiempo para disfrutar esa sensación! Me acerco y me encuentro con tus ojos de siempre, ¡tan tristes! Cuando me ves te cambia la cara, sonreís sin darte cuenta, no reconocés que esos ojos se iluminan y empiezan a vivir.
Caminás conmigo y no podés dejar de hablar, me revelás lo que a nadie más y te sorprendés de que yo entienda qué estás diciendo, de que te conozca tanto.
Entonces te escondés, te asustás, volvés a cerrar tu coraza y me dejás desnuda y triste.
No importa, sigo adelante con mi mejor sonrisa porque sé que tu encierro no es desamor, es cobardía.