Para
no volver
de Erica Marino
La daga
estaba ubicada en su sitio, al lado de la ventana. Desde allí dominaba la vieja
casona. Era extraño que su mínimo cuerpo revoloteara por las habitaciones: no
le hacía falta. Su filo era suficiente para atravesar paredes y herir los oídos
de quien se le cruzara.
Se acercaba
la hora en que Juan, su único hijo llegaba del trabajo.
Juan,
puertas afuera, era un hombre exitoso, sus carcajadas resonaban por los
pasillos del hospital donde trabajaba y sus bromas con los pacientes eran la
comidilla de las enfermeras. Eso, y su pinta. Era un hombre de mediana edad,
muy bien mantenido, aunque caminaba como si se fuese a desarmar en cualquier
momento, pero tenía una mirada que podía derretir un iceberg.
Al cruzar
la puerta de la casa se transformaba, era el títere de esa daga filosa. La
saludaba con poco ánimo, aguantaba su sarta de reclamos y se encerraba en su
habitación, allí abría las ventanas para poder fumar y se sumergía en un libro.
Durante
años soportó esa rutina, la daga perforaba, maltrataba, hería, pero estaba
hundida en su piel por el peso y la adhesión de la sangre. Era su deber…
Pero los
libros que leía tan afanosamente un día le dieron alas para escapar y ese día
llegó a su casa, insertó la llave en la cerradura, pero algo lo detuvo antes de
entrar. Soltó la llave, giró sobre sus pasos, y no se supo más de él.