viernes, 27 de mayo de 2011

Ilusiones de un cuarto piso

Nicolás Taraborrelli
Como habían acordado la tarde anterior, el ciego tocó a la puerta en la hora pactada. Se oía la vocalización estrepitosa que provenía detrás de la majestuosa madera con molduras y picaporte de bronce. El ciego insistió pero esta vez optó por palpar la fría pared hasta dar con el timbre. Nadie atendió. De pronto cesaron los agudos de la vecina y la puerta se abrió. La gorda miró al ciego con entusiasmo. El tenía los ojos perdidos. Aquel silencio se irrumpió con el ascensor de esterilla metálica que de pronto abandonó al cuarto piso.
_ Perdóneme Don Emilio, usted sabrá entender.
Minutos más tarde, en su soledad, ella encendió nuevamente la voz grabada del pasacasette, y el en su cuarto pensaba en la bella voz de su vecina mientras contemplaba la foto de la inmensa soprano.


jueves, 19 de mayo de 2011

Las Lomas

Laura Saltamartini
      Una continuidad de lomas… Una subida lenta y una bajada como montaña rusa… Otras lomitas, ya simpáticas y hasta pintorescas. No sé si literalmente se aplica ese término pero si es pintoresco para mí. Es divertida la suavidad a distintas alturas... Otra vez, una loma enorme como un globo de esos que vuelan por los cielos, pero que termina en un camino sinuoso hasta los pies. ¡Qué lindo verla dormir! Lástima que deba aislar uno de mis ojos de los ruidos que emana para poder disfrutarla…

Acondicionado

Laura Saltamartini
      La psicología no sirve. Es una idiotez. En mis cincuenta y dos años es la primera vez que escucho que la ciencia dice que el nombre afecta a las personas, que puede llegar a determinar ciertas actitudes y cuestiones de la vida diaria… ¡Qué va a determinar, si la que vive en el cuarto, se llama Heidi y lo único que tiene de Heidi es que viene un abuelito una vez por semana y no precisamente a darle los consejos… ¡Ja! ¡A esta Heidi la visita el abuelo, Pedrito y todos los pastores del pueblo! ¡ja! ¡que atorranta! Igual esta psicóloga debe haber escuchado en utilísima lo de los nombres porque seguro que tiene una vecina solterona como la del cinco G , que se llama Soledad, que no tiene parientes y que siempre aparece en el momento menos oportuno… y con el carácter que tiene; juego plata que nunca le vio la cara a Dios…. – se queda negando con la cabeza… sigue burlandose en silencio, con una sonrisa en la cara. -¡pero qué pavada!... ¿Qué tiene q ver que sea un tipo frio, que me quede helado en situaciones difíciles; que me guste el verano y las operas, con que me llame Saverio?

Caminos

Laura Saltamartini

      Una joven con ropa extraña dormita en un banco.  La estación está vacía. Una luz tenue de la calle se suma a la impiadosa luz blanca de tubo.
      Afuera, un hombre espera un posible pasajero, sentado al volante. En sus manos, un vaso de café humeante; en la radio, un tango; en su cabeza, nostalgia.
      El taxista cansado arruga aquel vasito, se baja del auto y camina hacia el hall de la estación buscando un baño. Su mirada tropieza con el cuerpo de la adolescente dormida… El enojo lo invade. Un vaivén seductor lo dirige hacia ella.
     -¡¡¡Carla!!! – grita furioso.
      Carla asustada se incorpora, lo mira desconcertada. El tiempo, helado, pasa por su espalda. Se agarra la cabeza. Hace mucho que se esconde de su hermano.
      Ambos eligieron salir de la miseria, él con el taxi, ella con la calle. Ella llevaba maletas para alivianar la carga de otros. Él con el taxi les aseguraría llegar a destino. La distancia se encargaría de los errores… La culpa eligió esos caminos; fue empujada por el resentimiento y la incomprensión. El odio apareció cuando el hermano destruyó a pisotones el hermoso castillo de arena, ilusiones y cuento que la pequeña construyó. Su timidez le permitía tener todas esas cosas que nunca se animaría a hacer.  Y la vida que llevaba su hermano hasta ese día agigantaba ese castillo; escuchar de su boca esos relatos tan maravillosos; pero que su mejor amiga fuera su cuñada, era lo mejor, las uniría por siempre… pero no fue así… La realidad tenía a dos hombres de protagonistas. Ella no podía ser cómplice de esa mentira. Por eso aquél día que el castillo se desvaneció, fue a decirle la verdad a su amiga… a ella la mentira la estaba matando… a su amiga la verdad…

Sur y después

Laura Saltamartini
-Venite al sur- me dijo- Ahí vas a ganar bien, todo tiene precio petrolero. Se paga tres veces más que en Buenos Aires. ¿Y qué iba a hacer? Mi viejita estaba destruida y la pensión no le alcanzaba para darnos de comer a todos. El mayor, no sirve más que para dar disgustos. Así que, el Chaco está lejos pero no me quedó otra. Una amiga me dio una ropa para trabajar y me prestó para el pasaje. Cuando llegué a la terminal; se terminó la América. Y acá estoy…
- Acá tenés los cien, no vayas a decir afuera que no funcionó…

El cuarto de atrás

Linda Herrera
-  En cuanto escuchaba golpes a la puerta, mi corazón se detenía, sabia que nuevamente había discutido con ella.
Se quitaba la ropa rápidamente y me pedía que me recostara a su lado. Yo no podía decir nada, mi condición me impedía hacerlo. Cuando sus grandes manos blancas rozaban mis mejillas no podía evitar que una lagrima resbalara por mi rostro. No le gustaba que llorara. Me pedía que me desnudara lentamente, el se detenía y miraba fijamente mis senos, me analizaba toda, como si nunca hubiese visto una piel oscura. Tomo todo de mi, no le dejo ni un pedazo a mi marido. 
Un día mientras estaba en el cuarto de atrás acomodando las sabanas y los manteles, me sorprendió por la espalda me levanto la pollera y hundió como un cuchillo su miembro viril.
yo no quería hacerlo. ¿Que le iba a quedar a mi marido?.
--¿Cuanto tiempo te darán?
-- No lo se, pero por suerte no tendré que escuchar mas los golpes a la puerta.

Isabel

Nicolás Taraborrelli
-- Isabel, yo que pensé que servía. Me sentí plena. Cuando me volvieron a llamar, casi les digo que no. Creí que era para volver a la casa central, donde me terminaron odiando, pero como siempre, la equivocada era yo. Se trataba de una nueva sucursal, justo enfrente del Riachuelo. Que ilusa. Estando ahí me creí la reina. Hasta mi propia oficina tuve. No venían muchos clientes y por semanas, prácticamente nadie. Solo era yo, el almuerzo, algún que otro empleado inoperante como todos, y el abuso reiterado y silencioso que recibí a lo largo de casi un año de la mano de los guardias de seguridad, en esos ambientes mal distribuidos. Me enteré cuando trasladamos todo a la casa central. Sin saberlo, había sido yo el salario destinado a los guardias. Las ventas no alcanzaban a cubrir los números. La crisis de aquel proyecto siguió latente a pesar de la mudanza, el Titanic se hundía a pique. Hoy no sé que es peor, si develar mi verdad de aquellos días, o la humillación de mis compañeros y empleados, que la divulgan a viva voz, criticando además, mi abuso de poder en el desempeño de mi puesto, el cual  sin duda, reconozco hoy, que ha sido más justificado en aquella sucursal de La Boca, a pesar de mi fealdad como mujer, Isabel.