lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuento Taller semipresencial CABA


ENTRAÑAS

Está harta. Harta de ver. Ver lo que no quiere. Ver lo que no debe. Ver lo invisible. Pesa tanto. No sabe qué hacer. Hace lo que le sale, lo que puede. Mal, en general parece que lo que hace está mal. Le vino el don de ver, no de hacer, no de escribir. Arte nada. Lo que ve lo siente y no lo dice, no lo pinta, no lo esculpe. Lo vomita. Mete los dedos y vomita. Ahh, qué alivio, quedó todo en el hueco del inodoro. Pero apenas se para, vuelve a ver, a sí misma vomitando y otra vez. Deseos, intenciones, pensamientos, gestos. La gente sigue caminando, comiendo, tomándose el subte, comprando en el almacén, poniéndose trajes, tomando cursos de marketing. Ella no. Queda perdida viendo lo hondo de los otros. Va al baño y vomita.

Marite Repetto

Cuento de Taller semipresencial CABA


Bombones de licor

            Era la hora en la que el débil sol del invierno se estampaba de lleno contra el ventanal. Nadie a la vista. Mis abuelos dormían la siesta y yo, supuestamente, también.
            Era mi oportunidad. Esos bombones me llamaban desde que mi abuela los había encerrado en la vitrina, entre la vajilla reservada para las visitas, pero bien al fondo.
            Me asomé al living tratando de mantenerme en pie porque mis medias resbalaban en el piso de granito recién encerado.
            El camino estaba libre. Sigilosamente me trepé al sillón y desde allí me estiré todo lo posible hasta alcanzar el jarrón donde descansaba la llave el mueble que retenía mi tesoro.
            Un esfuerzo más… llegué.
            Mis manos eran de gelatina y no atinaban a meter la llave en la cerradura… Si se caía al piso…¡chau! ¡Adiós bombones!
            Por fin el cofre del tesoro se abrió, ahora había que sortear las copas de cristal tallado y los platos de porcelana. Mi mano diminuta y las ganas de alcanzar ese manjar estuvieron de mi lado. Mi boca se empezaba a inundar de saliva cuando escuché el chancleteo de mi abuelo ¡y yo con las manos en la masa!
            Cerré como pude y corrí a esconderme en un armario de la cocina que servía de despensa.
            El espacio era pequeño y oscuro, el aroma a especias inundaba mi nariz y apenas podía respirar. Pude distinguir una hendija por la que entraba un poco de aire y luz, a través de ella podía ver las patas de la mesa de la cocina y aspirar la vainilla de la torta que mi abuela había preparado durante la mañana.
            El sonido del chancleteo crecía y se acercaba; y detrás aparecieron los pies de mi abuelo, llenos de venas arrugas y uñas mal cortadas. Esos pies que sacudía sin parar mientras miraba algún programa en la televisión. Los veía moverse de un lado a otro a otro. Ahora se sumaban los sonidos de la hora del mate: primero la canilla, la tapa de la pava, un fósforo, el sonido de la hornalla al encender…
            Mientras tanto la tentación fue más fuerte y ataqué mis joyas de chocolate y licor. Mi garganta retozaba con un sabor dulce y cremoso que se transformó en calor, calor cada vez más fuerte, hasta que empezó a arder. Tenía que salir. Volví a otear por la hendidura, me quedé quietita para escuchar… La pava resopló su ebullición. Iba a ser rápido: el agua al termo y mi abuelo liberaría la zona. Pero… ¿qué estaba buscando? La bombilla y el mate siempre quedaban sobre la mesa… la yerba estaba en la alacena y…
¡el azúcar! Ya era tarde… los pasos venían hacia mí.

Erica Marino

Taller semi presencial CABA


Un cuento muy pequeño.

Es lo que recuerdo, o lo que me parece, yo le cuento…
Era tarde y me pesaban las horas en la espalda y la cabeza no dejaba de latir. Y la niña no quería dormirse.
Me pareció que los demás estaban mas cansados que yo y me ofrecí a ir.
 Les dije: _ Yo me ocupo. Y fui.
Parecía endemoniada, saltaba, reía a carcajadas y cantaba como una loca, eso si, loca de atar, de remate la muy loca. Empezó a correr por toda la habitación y yo no podía atraparla. Le dije que pare, le pedí por favor y ella nada. No me escuchaba. Entonces me estire, casi la tenia y pise el cordón de uno de mis zapatos que se había desatado como ella. Y se río mas. Ella loca de atar, el cordón y yo desatados. Loca requeteloca le dije, te mato si te agarro. Y de un manotazo tome lo primero que pude, una jarra de vidrio, y le di y le di hasta que se quedo callada. Muda se quedo la loca . Mudos nos quedamos todos.

María Crespo

Cuentos del taller semi presencial de CABA


TEATRO CHINO

     Mundo mágico de niñez desolada donde los deseos y las realidades se repelen. Por ese cuarto que oficiaba de dormitorio, escritorio, sala de juegos, comedor y oratorio, se sucedían nuestros días después de la escuela. La cueva a la cual volvíamos cada tarde a refugiarnos.
    Justo frente a la puerta de la cueva estaba la del baño, pasillo de por medio. Era una puerta ancha de madera maciza, engrosada por una cantidad sucesiva de capas de pintura sintética descascarada que ofrecía un muestrario infinito de colores. En el centro de la puerta, con un recuadro de madera como marco, estaba la ventanita de vidrio fijo color caramelo con unos cuadraditos texturados que nos divertía tocar.
    Por ahí, cada noche que se encerraban a deliberar, veíamos como espectadores de un teatro chino de sombras, la función. Sucesión de escenas que luego nos traducirían en palabras entendibles a niños de nuestra edad.
     Apenas había oscurecido y la estufa de kerosene generaba un clima íntimo y cálido de luz amarilla y ojos ardidos. Al olor ya estábamos acostumbrados pero igual picaba en los ojos y en la garganta como la angustia.
    Esa noche la función comenzó temprano. Eran gestos, ademanes, la mano grande se posaba sobre el hombro pequeño tratando de calmar ese cuerpito eléctrico que se sacudía al compás de unos murmullos que alcanzábamos a descifrar.
    Por momentos la mano grande como una garra de hierro apretaba esos hombritos, inmovilizándolos,  reteniéndolos, mientras la cabeza pequeña corcoveaba intentando liberarse.En otros: manos, brazos y hombros se rendían, se aflojaban y caían a los costados de sus cuerpos desapareciendo de nuestro cuadro. A veces la obra terminaba en un serpenteo enredado y tierno. A veces solo salían. Otras, la furia se contenía congelándose en esa escena. Pero esa vez: comenzó despacio y como una música de sinfonía fue “increcendo”, el aleteo ferviente de manos frágiles increpaban y se sacudían, volando como pajaritos alrededor de un tronco alto. Manos grandes imponiéndose, esquivando el choque de esos pájaros enfurecidos,  golpeando con la violencia de una maza que cae pesada contra un yunque, de un zarpazo tomó entero  y en el aire a ese cuerpito que convulsivamente se sacudía.
     No sé si fueron minutos, segundos o años que estuvo suspendido, elevado en poder de las zarpas de hierro, solo sé que fue la última función.
    Contuvimos la respiración como acompañando el momento. No escuchábamos, hacíamos el esfuerzo pero no escuchábamos nada, o tal vez ese recuerdo no quiera salir. Solo veíamos el teatro chino de sombras que nos garantizaba la duda de que aquello no fuera real.


Paula Arcuri