martes, 31 de julio de 2012

El yin y el yan en la mirada de Paula Arcuri del Taller de los terceros sábados del mes


Ángel negro

 
         Ambos mirábamos la escena con un placer especial, anticipando el final. Aunque cada uno lo imaginaba totalmente opuesto al del otro.
         Teníamos a nuestros soldados fuertemente entrenados y listos para la misión.
         Resulta aburrido a veces tener tantas certezas; eso es lo interesante de la naturaleza humana, es impredecible.
         Estábamos ansiosos, cada uno tenía su favorito por el cuál habíamos apostado mucho. Él insistía que su  debilucho soldadito doblegaría al mío.
          Mi soldado, muy profesional, tranquilo y confiado en mi ayuda. Tuve que desvirtuar un poco los propósitos para convencerlo. Creía que lo hacía por Alá. Es el que tiene métodos más parecidos a los míos. 
          Todo estaba dispuesto, la bomba perfectamente armada y bien disimulada en el ataché. Pasó el control del scáner sin problemas, subió al avión.
          A la media hora, acomodados todos, sin darles tiempo de arrepentirse de ningún pecado, me llevé sucias, a varias almas.
          Por Alá y en su nombre, simples e insignificantes mortales juegan a ser Dios. Idiotas envidiosos. No se dan cuenta que juegan a ser como Yo.

 
Ángel blanco


             Su soldado estaba preciso y confiado. Su profesionalismo disimulaba perfectamente el miedo a morir. Tenía que aprovechar sus segundos de temor y duda.
             Mi soldado, en su disfraz de ingenuidad e inocencia, estaba listo también.
             Una vez ubicados en el avión, apenas pasada la impresión del despegue, con la naturalidad de lo cotidiano, el niño miró al desconocido del ataché y jugando con su autito, continuó la pista en las piernas temblorosas del hombre.
             En un descuido alinearon sus ojos. Profundo. La ternura del niño irradió tanto amor que la dura mirada mora, cayó vencida. Triste y lleno de dudas. No pudo hacerlo.
             El ángel sonrió triunfal. 



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