Ángel negro
Ambos
mirábamos la escena con un placer especial, anticipando el final. Aunque cada
uno lo imaginaba totalmente opuesto al del otro.
Teníamos a
nuestros soldados fuertemente entrenados y listos para la misión.
Resulta aburrido a veces tener tantas
certezas; eso es lo interesante de la naturaleza humana, es impredecible.
Estábamos ansiosos, cada uno tenía su favorito
por el cuál habíamos apostado mucho. Él insistía que su debilucho soldadito doblegaría al mío.
Mi soldado,
muy profesional, tranquilo y confiado en mi ayuda. Tuve que desvirtuar un poco
los propósitos para convencerlo. Creía que lo hacía por Alá. Es el que tiene
métodos más parecidos a los míos.
Todo estaba dispuesto, la bomba perfectamente
armada y bien disimulada en el ataché. Pasó el control del scáner sin
problemas, subió al avión.
A la media
hora, acomodados todos, sin darles tiempo de arrepentirse de ningún pecado, me
llevé sucias, a varias almas.
Por Alá y en
su nombre, simples e insignificantes mortales juegan a ser Dios. Idiotas
envidiosos. No se dan cuenta que juegan a ser como Yo.
Ángel blanco
Su
soldado estaba preciso y confiado. Su profesionalismo disimulaba perfectamente
el miedo a morir. Tenía que aprovechar sus segundos de temor y duda.
Mi
soldado, en su disfraz de ingenuidad e inocencia, estaba listo también.
Una vez
ubicados en el avión, apenas pasada la impresión del despegue, con la
naturalidad de lo cotidiano, el niño miró al desconocido del ataché y jugando
con su autito, continuó la pista en las piernas temblorosas del hombre.
En un
descuido alinearon sus ojos. Profundo. La ternura del niño irradió tanto amor
que la dura mirada mora, cayó vencida. Triste y lleno de dudas. No pudo
hacerlo.
El ángel
sonrió triunfal.