viernes, 22 de junio de 2012

Marité Repetto - Chica tecno, chica pop

Chica tecno. Chica pop. 
Tacos, pierna y minishort.
Rojo, blanco, negro. 
Rojo.
Música electrónica y hielo.
Hielo en el vaso, 
hielo en la sangre.
Mirada helada y sigue bailando.
Chica tecno. Chica pop.
Que no se te vea la cicatriz, 
que nadie sepa que se te cayó el corazón, 
roto y sangrando rojo, finalmente se cayó.
Que nadie sepa. 
Ni vos.
Chica tecno. Chica pop.
Sangre de agua y alcohol.
Pintados los labios sin color. 
Rojo furioso sin corazón. 
Que nadie sepa que aquél día no  llamó. 
Ni después. Ni antes.
No llamó.
Que nadie sepa. Ni vos.
Que pasaron horas días de inanición 
y la sangre corrió y te manchó. 
Tacos, pierna y minishort. 
Que no se vea la cicatriz. 
Que no se sepa. Ni vos.

Microcuento de Paula Arcuri - Taller de los terceros sábados


                                                          Padre, el hombre del turbante

          Enigma infinito. Curiosidad absoluta. Ansiedad. Pica en el alma el deseo de saber que hay ahí dentro.  Me atre, me atrapa, me fija. ¿Hay algo allí? Esa mirada gélida, entrecerrada, casi muerta; ¿vive? ¿Hay recuerdos? ¿Siente? Para algunos ya murió. Para mí solo purga una condena perpetua. Tal vez es feliz.
           La muerte lo visitó varias veces y sin embargo sigue aquí. Me pregunto: ¿qué habrá pactado? ¿Qué precio habrá pagado? Tal vez el precio es seguir viviendo y por eso lo dejó aquí seco, envejecido y postrado.
           Pero como él nunca se rendía, su orgullo y voluntad, su tenacidad y fuerza lo pusieron nuevamente de pie,  para seguir siendo objeto de mis preguntas, de mis dudas, de mi mirada.


                                                                                                                            PAULA ARCURI

“Un Vickingo en el Caribe” o “ Con Reglas Propias”


 Había tomado la decisión en un momento crítico. Había hecho lo que quería, escapar de un destino que no le pertenecía. No había nacido para matar, ni para quitarle nada a nadie. Su barco había naufragado y mientras sus aguerridos compañeros luchaban por salvar la nave y las armas, él solo salvó su vida. Se abrazó fuerte a un poste, un simple palo que preservó ese cuerpo enorme de la muerte; y quién sabe por qué corriente del destino lo llevó a tan diferente paisaje.
                Agotadas sus fuerzas, quedó tendido en la playa. El sol abrazador del Caribe volvía incandescente su blanquísima piel.
                Así lo vio ella. No le llamó tanto la atención ver a un hombre tendido, estaba acostumbrada a la muerte como algo natural, sino el color y el poco pero extraño atuendo que traía. Era de otra especie, de eso estaba segura. Siempre había seguido sus instintos y más aún, desde que le habían señalado a Atamey para ser su esposo. Ella huía de todo. No soportaba la idea de que alguien la sometiera, se sentía más cómoda en las suaves manos de una igual. Acariciarse, sentirse par, igual en fuerzas, en intensidad, en sensibilidad. Eso soñaba. Pero si  no podía ser, siempre era mejor estar sola, en  total libertad.
               Los hombres eran diferentes. Pero el que yacía ahí, era tan parecido a ella. Aguerrido y frágil. Se quedó a su lado. No sintió miedo, lo asistió. Solo gestos. No hablaban la misma lengua. Él recorrió la playa con la mirada desorbitada, pero se tranquilizó en los ojos negro azabache, rasgados, intensos, feroces y tiernos, como desconfiado felino con que ella lo miraba. Se animó, sin saber del todo si estaba vivo o muerto. Siempre había admirado lo simple y magnífico de la naturaleza. ¡Y ahora estaba en el paraíso! Tal vez eso era la muerte, bellísima. No buscaba mujer, la naturaleza misma lo completaba. Y ella no quería hombres, su propia perfección la completaba. Así que sin mediar palabras, huyeron juntos de la imperfección de un mundo que no daba permiso a la libertad.

de Paula Arcuri

APOCALIPSIS LOVE


      La muerte lo había visitado varias veces, pero quién sabe por qué razón, no lo llevaba. El no la elegía. La seducía, la tentaba pero no le daba autoridad, ni permiso. Ella perdía sus fuerzas ante él. Nunca le había pasado.
      Presunciones decían que la primera vez lo dejó porque él supo envolverla con palabras seductoras, susurradas al oído. Ella sucumbió y escapó. Avergonzada por querer tener a aquel hombre apasionado, inteligente y tierno solo para ella. Pero no podía, era la muerte.
       Desde entonces jugaban siempre a ese histérico juego de “te toco”, “me tocas”, “nos alejamos”. Cada tanto ella volvía con fuerzas renovadas y firme decisión pero caía inexorablemente ante su mirada. ¿Qué estaba pasando? Estaba vieja quizás y no podía con su trabajo. O tal vez tanto estar en la Tierra, se había humanizado.
        De cualquier modo, no podía ser. Esto no podía pasar. Meditó. Tanto dudó de sí misma que se paralizó y por unos días en las noticias empezó a causar rareza. Cesaron las guerras, los robos seguidos de muerte y tanto caso apetecible al periodismo, donde ella era la protagonista exclusiva. Entonces reaccionó. Se despertó con la voracidad y la vileza de una mujer despechada. Furiosa. Una ira infinita la envolvió y tomó tantas fuerzas que arrasó, en un solo suspiro, con la humanidad entera.

De Paula Arcuri

martes, 19 de junio de 2012

Marité Repetto Taller terceros sábados - Junio


TUMBERAS

Magdalena es cruda. Cruda y desnuda. Aún vestida, aún callada, Magdalena anda desnuda y cruda. Nunca había logrado vestirse, ni de ropa, ni de historias, ni de amor.
De niña jugando en la calle, en el barro de la calle, barro de tierra y orín, de agua y basura. La ropa, si la había, era parte de la piel, apenas un borde, un recorte mal puesto entre su cuerpo y el barro, la lluvia, el polvo, el sol. Los pies se confundían con ese barro, no importaban, ni el cuerpo. Pero a veces el pelo molestaba, se enganchaba en alambres o cardos, entonces lo estiraba fuerte para atrás, lo mojaba y ataba. Peinada, cruda y desnuda.Y así creció. Prescindente de ropas y amor.
Hoy cuando se corren las trabas y se escuchan las llaves abriendo las puertas, avanza por el corredor oliendo olores, humedad, orín, desinfectante y hombres. Siempre desnuda aun vestida, camina oliendo, con los pies en el barro de cemento. Cumple, entrega, lleva, y se va. Siempre desnuda, siempre cruda. Vestida y desnuda. Callada. Peinada.

de Marité Repetto

La vida de Irene. Segunda parte.
Te lo digo por tu bien. Y por el mío.

Pero escuchame una cosa... haceme un café y mientras escuchame una cosa. Lo que vos buscas no existe. No existe, boluda ¿escuchas? No existe. Te lo digo yo que tengo 71 años y te aseguro lo ví todo. ¿Qué te crees? ¿Que sos original? ¿Que nosotras, que yo, no bailé en las mismas pistas que vos? ¿Que no escuché esa canción? Ja. Mil veces. Cuando llevaba los chicos al colegio y cruzaba al papá de los Barrios que usaba esas botas y olía a potro. O cuando tediosamente iba cada jueves a la reunión de la cooperadora y pasaba por el teatrucho de la vuelta y salía esa música "inspiradora" y se veían cuatro o cinco, cada uno en su atril, pintando lugares e ideas que yo también tenía. ¿Te creés que no vomité nunca yo frustraciones? Pero es así nena, la única verdad es la realidad. Te llamás Irene y a Horacio le gusta que le prendas la lámpara. Andá prendela que ya esta oscureciendo. Y no faltes más al trabajo que te van a terminar echando.

de Marité Repetto