Había tomado
la decisión en un momento crítico. Había hecho lo que quería, escapar de un
destino que no le pertenecía. No había nacido para matar, ni para quitarle nada
a nadie. Su barco había naufragado y mientras sus aguerridos compañeros
luchaban por salvar la nave y las armas, él solo salvó su vida. Se abrazó
fuerte a un poste, un simple palo que preservó ese cuerpo enorme de la muerte;
y quién sabe por qué corriente del destino lo llevó a tan diferente paisaje.
Agotadas sus fuerzas, quedó tendido en la
playa. El sol abrazador del Caribe volvía incandescente su blanquísima piel.
Así lo vio ella. No le llamó
tanto la atención ver a un hombre tendido, estaba acostumbrada a la muerte como
algo natural, sino el color y el poco pero extraño atuendo que traía. Era de
otra especie, de eso estaba segura. Siempre había seguido sus instintos y más
aún, desde que le habían señalado a Atamey para ser su esposo. Ella huía de
todo. No soportaba la idea de que alguien la sometiera, se sentía más cómoda en
las suaves manos de una igual. Acariciarse, sentirse par, igual en fuerzas, en
intensidad, en sensibilidad. Eso soñaba. Pero si no podía ser, siempre era mejor estar sola,
en total libertad.
Los hombres eran
diferentes. Pero el que yacía ahí, era tan parecido a ella. Aguerrido y frágil.
Se quedó a su lado. No sintió miedo, lo asistió. Solo gestos. No hablaban la
misma lengua. Él recorrió la playa con la mirada desorbitada, pero se
tranquilizó en los ojos negro azabache, rasgados, intensos, feroces y tiernos,
como desconfiado felino con que ella lo miraba. Se animó, sin saber del todo si
estaba vivo o muerto. Siempre había admirado lo simple y magnífico de la
naturaleza. ¡Y ahora estaba en el paraíso! Tal vez eso era la muerte,
bellísima. No buscaba mujer, la naturaleza misma lo completaba. Y ella no quería
hombres, su propia perfección la completaba. Así que sin mediar palabras,
huyeron juntos de la imperfección de un mundo que no daba permiso a la
libertad.
de Paula Arcuri
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