La muerte lo
había visitado varias veces, pero quién sabe por qué razón, no lo llevaba. El
no la elegía. La seducía, la tentaba pero no le daba autoridad, ni permiso.
Ella perdía sus fuerzas ante él. Nunca le había pasado.
Presunciones
decían que la primera vez lo dejó porque él supo envolverla con palabras
seductoras, susurradas al oído. Ella sucumbió y escapó. Avergonzada por querer
tener a aquel hombre apasionado, inteligente y tierno solo para ella. Pero no
podía, era la muerte.
Desde entonces
jugaban siempre a ese histérico juego de “te toco”, “me tocas”, “nos alejamos”.
Cada tanto ella volvía con fuerzas renovadas y firme decisión pero caía
inexorablemente ante su mirada. ¿Qué estaba pasando? Estaba vieja quizás y no
podía con su trabajo. O tal vez tanto estar en la Tierra, se había humanizado.
De cualquier
modo, no podía ser. Esto no podía pasar. Meditó. Tanto dudó de sí misma que se
paralizó y por unos días en las noticias empezó a causar rareza. Cesaron las
guerras, los robos seguidos de muerte y tanto caso apetecible al periodismo,
donde ella era la protagonista exclusiva. Entonces reaccionó. Se despertó con
la voracidad y la vileza de una mujer despechada. Furiosa. Una ira infinita la
envolvió y tomó tantas fuerzas que arrasó, en un solo suspiro, con la humanidad
entera.
De Paula Arcuri
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