Alejo Fernández
Cada ensayo era una gloria. Él se sentaba al piano y ella entonaba las arias más hermosas del mundo. Bach, Wagner, Haydn, Puccini; maestros cuyos talentosos espíritus parecían apoderarse, por unas horas, de la garganta de la intérprete. Lo excitaba tanto escucharla cantar y tocar para ella. Su condición le impedía verla, pero imaginaba sus anchas caderas moviéndose al compás de la música y casi podía sentir el crujir de las carnes abundantes de su abdomen al chocar con la ropa. Sí, lo excitaban las mujeres gordas. No había sabido de ningún otro tipo de mujer capaz de cantar con tal dulzura.
Cada ensayo era una gloria. Él se sentaba al piano y ella entonaba las arias más hermosas del mundo. Bach, Wagner, Haydn, Puccini; maestros cuyos talentosos espíritus parecían apoderarse, por unas horas, de la garganta de la intérprete. Lo excitaba tanto escucharla cantar y tocar para ella. Su condición le impedía verla, pero imaginaba sus anchas caderas moviéndose al compás de la música y casi podía sentir el crujir de las carnes abundantes de su abdomen al chocar con la ropa. Sí, lo excitaban las mujeres gordas. No había sabido de ningún otro tipo de mujer capaz de cantar con tal dulzura.
Finalmente, el temido día llegó. La intérprete dejaría de ser suya y pasaría a pertenecer a una orquesta de treinta músicos. Estaba lista. No tendría otro momento a solas con ella. Tendría que compartirla. Juntó coraje y la besó intuyendo la ubicación de sus labios. Ella no opuso resistencia. Rozó uno de sus senos y se dio cuenta de que no eran tan carnosos como imaginaba. Su erección repentinamente se diluyó.
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