Nicolás Taraborrelli
-- Isabel, yo que pensé que servía. Me sentí plena. Cuando me volvieron a llamar, casi les digo que no. Creí que era para volver a la casa central, donde me terminaron odiando, pero como siempre, la equivocada era yo. Se trataba de una nueva sucursal, justo enfrente del Riachuelo. Que ilusa. Estando ahí me creí la reina. Hasta mi propia oficina tuve. No venían muchos clientes y por semanas, prácticamente nadie. Solo era yo, el almuerzo, algún que otro empleado inoperante como todos, y el abuso reiterado y silencioso que recibí a lo largo de casi un año de la mano de los guardias de seguridad, en esos ambientes mal distribuidos. Me enteré cuando trasladamos todo a la casa central. Sin saberlo, había sido yo el salario destinado a los guardias. Las ventas no alcanzaban a cubrir los números. La crisis de aquel proyecto siguió latente a pesar de la mudanza, el Titanic se hundía a pique. Hoy no sé que es peor, si develar mi verdad de aquellos días, o la humillación de mis compañeros y empleados, que la divulgan a viva voz, criticando además, mi abuso de poder en el desempeño de mi puesto, el cual sin duda, reconozco hoy, que ha sido más justificado en aquella sucursal de La Boca, a pesar de mi fealdad como mujer, Isabel.
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