Un sonido rompió con el silencio de la tarde apoderándose de la sala, de la cocina, luego del baño, hasta subir a la habitación donde descansaba Soledad, quien ignoro al teléfono hasta su segundo intento. Dudó de quien podría estar marcando su número. Sus amigas habían dejado de llamar hacia meses, y su marido nunca necesitaba de ella hasta la hora de cenar. Contestó para poder dejar de oír el eco fastidioso que se creaba con la casa vacía.
- Hable – dijo Soledad
Entre la armonía que formaba una rutina de papeles, sellos, fax, teléfonos, computadoras, puertas, charlas… Unos tacos apurados subieron las escaleras y atravesaron la puerta principal. Nerviosa se acercó Soledad a la primera oficina que encontró, para preguntar sobre su hijo. Del otro lado del escritorio, una cara joven, con uniforme y con pelo recogido, se ofreció a ayudarla. Muy poco le habían informado por teléfono a Soledad, o tal vez era poco lo que había podido retener de información en esa llamada que tanto la perturbó. Sólo pudo pronunciar el nombre de su hijo a la recepcionista. Fue suficiente para que la joven oficial la traslade a otra oficina. Pasillo derecho, tercer cuarto, oficina 14; repitió en voz alta copiando las instrucciones.
Mientras recorría el camino observó detenidamente la decoración del edificio. Realmente estaba en una comisaría, el lugar donde menos hubiera pensado que tendría que ir a buscar a su hijo, hoy, cuando temprano vió la espalda de su hijo saliendo de su casa.
Después de seguir todas las instrucciones, llegó a la oficina indicada. El tercer cuarto era una habitación llena de escritorios alineados, con carpetas y papeles apilados, que a simple vista parecía que con un portazo caerían todos. Había gente en sus escritorios y gente recorriendo la habitación con papeles y carpetas en las manos. Los escritorios estaban numerados, Soledad recordó las instrucciones “Pasillo derecho, tercer cuarto, oficina 14”. Recorrió el pasillo que marcaban las dos hileras de escritorios, hasta llegar al último escritorio, que llevaba el número que buscaba. Al llegar no encontró a nadie del otro lado, buscando con la mirada alrededor de la sala, se encontró con otra que le informo que el Sr. Gutiérrez se había retirado un momento, y seguido la invito a sentarse.
Soledad observo las dos sillas y corrió una para sentarse, acomodando su cartera; observó la silla restante. Deseó tener a su marido sentado junto a ella, luego recordó la poca importancia que le daba él a estos hechos, y lo nerviosa que se ponía al ver la tranquilidad de su esposo. Y apoyó la cartera en la silla para olvidarse de ese pensamiento.
Al observar el escritorio descubrió un nombre al lado del número que marcaba el escritorio. Héctor Gutiérrez. El nombre hizo eco en sus recuerdos y se acordó de la llamada que la había llevado hasta ese escritorio.
No tuvo que esperar demasiado, enseguida un hombre de uniforme vino a ocupar la silla vacía situada al otro lado del escritorio. Se presento y le explico la situación de su hijo.
Después de pasar horas hablando y firmando papeles, Soledad se despidió rendida por su reiteirada e inútil insistencia de llevarse a su hijo a casa. Lo único que logró fue una visita, rápida pero no quiso llevarse el recuerdo de la imagen de su hijo en la celda, vestido con el uniforme de la escuela.
Regresó a su casa para poder comenzar a hacer la cena. Aquella que hoy contaría con sólo dos platos.
Antes de tomar furiosa los elementos que utilizaría para cocinar, subió las escaleras para poder hacer su tercer cambio de ropa del día.
De camino a la cocina, se detuvo en la puerta de la habitación de su hijo. Se encontraba cerrada como era costumbre. Al mirar el decorado de la puerta, se dio cuenta que hacia años que no entraba en la habitación de su hijo. ¿Tendría todavía colgada la foto de esa tarde en el parque junto a la hamaca? ¿Guardaría el álbum de fotos que le había hecho en su primer año? ¿Todavía estarían las medallas decorando la pared de la habitación? Dejo de hacerse preguntas para poder concentrarse en girar la manija.
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