Como habían acordado la tarde anterior, el ciego tocó a la puerta en la hora pactada. Se oía la vocalización estrepitosa que provenía detrás de la majestuosa madera con molduras y picaporte de bronce. El ciego insistió pero esta vez optó por palpar la fría pared hasta dar con el timbre. Nadie atendió. De pronto cesaron los agudos de la vecina y la puerta se abrió. La gorda miró al ciego con entusiasmo. El tenía los ojos perdidos. Aquel silencio se irrumpió con el ascensor de esterilla metálica que de pronto abandonó al cuarto piso.
_ Perdóneme Don Emilio, usted sabrá entender.
Minutos más tarde, en su soledad, ella encendió nuevamente la voz grabada del pasacasette, y el en su cuarto pensaba en la bella voz de su vecina mientras contemplaba la foto de la inmensa soprano.
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