jueves, 19 de mayo de 2011

Caminos

Laura Saltamartini

      Una joven con ropa extraña dormita en un banco.  La estación está vacía. Una luz tenue de la calle se suma a la impiadosa luz blanca de tubo.
      Afuera, un hombre espera un posible pasajero, sentado al volante. En sus manos, un vaso de café humeante; en la radio, un tango; en su cabeza, nostalgia.
      El taxista cansado arruga aquel vasito, se baja del auto y camina hacia el hall de la estación buscando un baño. Su mirada tropieza con el cuerpo de la adolescente dormida… El enojo lo invade. Un vaivén seductor lo dirige hacia ella.
     -¡¡¡Carla!!! – grita furioso.
      Carla asustada se incorpora, lo mira desconcertada. El tiempo, helado, pasa por su espalda. Se agarra la cabeza. Hace mucho que se esconde de su hermano.
      Ambos eligieron salir de la miseria, él con el taxi, ella con la calle. Ella llevaba maletas para alivianar la carga de otros. Él con el taxi les aseguraría llegar a destino. La distancia se encargaría de los errores… La culpa eligió esos caminos; fue empujada por el resentimiento y la incomprensión. El odio apareció cuando el hermano destruyó a pisotones el hermoso castillo de arena, ilusiones y cuento que la pequeña construyó. Su timidez le permitía tener todas esas cosas que nunca se animaría a hacer.  Y la vida que llevaba su hermano hasta ese día agigantaba ese castillo; escuchar de su boca esos relatos tan maravillosos; pero que su mejor amiga fuera su cuñada, era lo mejor, las uniría por siempre… pero no fue así… La realidad tenía a dos hombres de protagonistas. Ella no podía ser cómplice de esa mentira. Por eso aquél día que el castillo se desvaneció, fue a decirle la verdad a su amiga… a ella la mentira la estaba matando… a su amiga la verdad…

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