Sábado
Los sábados solía ir a la quinta que un tío bon vivant
tenía en Palermo. En aquellos años, Palermo era una zona de quintas y
plantaciones. El barrio Las Cañitas debe su nombre a las largas hileras de
cañas cruzadas sosteniendo las plantas de tomates.
Luis María Passo era militar, deportista,
corpulento. Era un solterón codiciado, elegante,
culto y solvente, al que gran parte del público femenino de esas plateas
deseaba atrapar.
Se dice que también fue mecenas de Firpo, el Toro
Salvaje de las Pampas, quien fuera el padre del boxeo profesional por estas tierras.
En aquella quinta se reunían las gentes de la alta
sociedad y se mezclaban con artistas, músicos y poetas que pasaban las tardes
interpretando o recitando poesías, amenizando esas reuniones.
Lo mas granado y avanzado del arte solía concurrir a
esas convocatorias. Allí desfilaban entre otros Manuel Gálvez, Delfina Bunge de
Gálvez, Alfonsina Storni, Horacio Quiroga, así como también algunos compañeros
de armas, del Jockey y de otros centros de reunión de la oligarquía porteña.
Miembros del gobierno, terratenientes, y extranjeros residentes también eran
parte de esas tardes de los sábados en una ciudad que raramente ofrecía
distracciones.
Pepe era un joven que pretendía absorber todo lo que
se le presentaba. Disfrutaba de aquellas tertulias, codeándose con lo mas alto
de la cultura de Buenos Aires. Pocas posibilidades habían de encontrarse con
tanta capacidad reunida. Tal vez en el Tortoni, por las tardes, se reunían a
veces… pero no era lo mismo. En la quinta se leía, se recitaba, se
interpretaba. No faltaba nada. Una fiesta para las almas sensibles y ávidas.
Allí concurría ella. Alfonsina. Pepe se deleitaba
con sus lecturas, sábado a sábado. Disfrutaba enormemente de aquellas tardes,
en las que Alfonsina le parecía un ángel. Dicen que además de su espacio para
la narrativa, a Alfonsina la convocaba su interés por el dueño de casa. Pero su
insistencia cansó a éste, quien una tarde llamó a su sobrino y dándole las
llaves de su automóvil, le pidió que llevara a Alfonsina a su casa.
En ese viaje Pepe se conmovió con la aflicción de
ella, quien no ocultaba sus lágrimas por el desencuentro. No dudó en estacionar
el vehículo y consolar a su ángel. Tampoco dudó en besar a la poetisa, cuando
sus lágrimas se fueron quitando y la aflicción fue cediendo ante la protección
de los abrazos.
Alfonsina registró esa tarde en su libro “Ocre”.
Tu que nunca serás.
Sábado fue y caprichoso el beso dado,
Capricho de varón, audaz y fino,
Mas fue dulce el capricho masculino
A este mi corazón, lobezno alado.
No es que crea, no creo, si inclinado
Sobre mis manos te sentí divino
Y me embriagué, comprendo que este vino
No es para mí, mas juego y rueda el dado...
Yo soy ya la mujer que vive alerta,
Tú el tremendo varón que se despierta
Y es un torrente que se ensancha en río
Y más se encrespa mientras corre y poda.
Ah, me resisto, mas me tienes toda,
TÚ, que nunca serás del todo mío.
Capricho de varón, audaz y fino,
Mas fue dulce el capricho masculino
A este mi corazón, lobezno alado.
No es que crea, no creo, si inclinado
Sobre mis manos te sentí divino
Y me embriagué, comprendo que este vino
No es para mí, mas juego y rueda el dado...
Yo soy ya la mujer que vive alerta,
Tú el tremendo varón que se despierta
Y es un torrente que se ensancha en río
Y más se encrespa mientras corre y poda.
Ah, me resisto, mas me tienes toda,
TÚ, que nunca serás del todo mío.
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