Esa tarde la sacó a pasear. Se puso su mejor pantalón.
Y planchó la camisa. Tocó puntual el timbre de la casa.
Ella salió radiante, olía a perfume, el vestido le
entallaba el cuerpo y los rulos le caían sobre los hombros. Estaba tan hermosa
que le provocaba el llanto. No quizo lagrimear adelante de ella y mientras la
distrajo con un ramo de flores, se secó un poco los ojos.
Ella parecía agradecida y respondía a cada estímulo a
cada chiste a cada señal que él le daba.
Dieron una vuelta a la plaza, hablaron, se conectaron,
el confirmó que estaban destinados a estar uno con el otro hasta el fin de sus
días. Lo sabía, la miraba a los ojos y ella sin decir nada casi que accedía a su
amor desde un lugar puro e inocente.
Al completar una vuelta ella se detuvo. Lo hizo sentar
en el banco que daba exactamente a su
ventana. Lo hizo mirar, y le dijo qué tenía que hacer.
Cien noches seguidas esperándola en ese banco serían
suficientes para poder entregarse.
El, tragó saliva le miró los rulos que caían por los
hombros y accedió. Marcó en un calendario cien días exactos. Esa noche se
sentó, la pensó, la extraño, la deseó y la lloró,
Ella se asomó
para ver si estaba ahí. Se quedó unos minutos de más en la ventana los suficientes
como para que él saque una 9mm del bolsillo terminando inmediatamente con esa
estupida promesa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario