El felpudo de la puerta daba la bienvenida en perfecto
alemán. Mientras que en el marco izquierdo estaba colgado un pedazo de la torah
a modo de amuleto de la Buena suerte.
El sonido del timbre era una melodía claramente
reconocible, pero antes de que pudiera descubrirla la puerta se abrió mostrandome
otra serie de contradicciones estilísticas.
Mis ojos nos soportaron tanto estímulo al mismo
tiempo. No se si era la serie de potus colgada de la pared a modo de guirnalda,
o los dibujos de los tucanes en la camisa de ella. El era el que no paraba de
hablar mientras que ella y sus tucanes intentaban ofrecerme agua en un vaso con
sombrilla.
Me abrumé, el aire me empezo a faltar. Cada vez que
enfocaba para algún rincón, sabía que el horror quedaría estampado en mis
corneas.
Lo interrumpí, no podia hacerlo de otra manera que
intencionalmente torpe, dejé caer el vaso de agua ofrecido sobre la alfombra,
que aún no había visto, pero que era lo suficientemente verde para pasar
desapercibida.
Me desarmé en disculpas, el dejó de hablar, ella se
quedó congelada. Cuando capte su atención, Me excusé y les hice creer que había
tocado el piso incorrecto. No los deje accionar y cerré la puerta quedándome en
el pasillo mientras esperaba el ascensor que me devolvería la libertad.
Saqué mi libreta de cuero negra y con perfecta
caligrafia anoté: Nunca más buscar departamento por el diario, llamar
inmediatamente a alguna inmobiliaria.
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