jueves, 6 de noviembre de 2014

Segundo Rosa - Taller CABA 2014



-          Plataforma 17… 

p           Pero apúrese que ya debe estar saliendo ese coche.
Corrí. Y llegué. Justo un poquito antes que el chofer cerrara las bauleras, con lo que alcancé a despachar mi bolso. No era muy grande, pero arriba no entraba en los buches. Tres días en Mendoza por trabajo, y ya pegaba la vuelta a casa. Ahora tendría un viaje de toda la noche, pero ya estaba acostumbrado. Y había seleccionado un asiento en el medio, contra la ventana. Adelante no te dejan dormir las luces de los que vienen, y atrás, suele ser muy molesto el ruido del motor. Así que subí. Ultimo. Y tomé mi asiento. No iba muy lleno el viaje, así que no tenía acompañante al lado.
A poco de salir, acomodé una campera contra el vidrio y me recosté, intentando dormir. Tenía toda la noche por delante. Entre la ventana y el respaldo de mi asiento quedaba un espacio, por donde se amplificaban todos los sonidos que provenían del asiento de atrás. Y la posición de mi cabeza dejaba a mi oreja apuntando directamente a ese parlante.  No tuve tiempo de mirar cuando subí, así que no sabía si había otros pasajeros detrás. Pronto descubrí que si, que alguien estaba sentado allí. Estaba solo. Sentía algún movimiento en mi respaldo y escuchaba los sonidos de sus incomodidades, de su búsqueda de algo en su aparato de música, de sus caramelos cuando se desvestían…
Un rato mas tarde, el servicio hizo una escala, en donde subieron algunos pasajeros mas. Es un momento de mucha tensión y encomendación. Sobre todo de quienes íbamos solos, sin compartir el asiento. (quenovengaalmio, quenovengaalmio)… igual, solo un pasajero se internó hasta nuestro sector… y se sentó en los asientos de atrás, compartiéndolo con el de los caramelos. Era un muchacho, pude adivinar en la penumbra. Y nuevamente volvimos a la ruta.
No pasó mucho tiempo para que mis vecinos comenzaran una charla. El de los caramelos era ella. Tenía una voz dulce y suave. Con esa cadencia cuyana que las vuelve mas suaves. La cuyana (cuiana) tiene un tono suave y sugerente en su hablar. El nuevo compañero de asiento también era cuyano. – A que hora llega a Buenos Aires este, sabes? – A eso de las 9 de la mañana. – Ah, perfecto… entonces desde Retiro me voy derecho a hacer los trámites.  Vos? Vas por trabajo? – No. Voy a visitar a mi hermana que vive allá.  Y de paso me quedo unos días mirando espectáculos. Me encantan Buenos Aires tiene eso, todo servido. En Mendoza nunca hay nada! Con lo que me gusta el teatro…
Me había transformado en un partícipe necesario en esa charla. Confieso que en algún punto me molestaba porque no podía dormir, pero también es cierto que la curiosidad me llevaba a seguir esa conversación que creían exclusiva.
Los temas se fueron sucediendo. En plena oscuridad, la mayoría de los pasajeros dormía. Salvo ellos que seguían conversando en susurros, pero que yo los escuchaba a todo volumen… estudios, trabajos, viajes, personajes públicos… de lo mas variada la charla. Siempre en susurros y vos baja. Confieso que a veces se me escapaba algún detalle y debía adivinar, aunque mis ganas eran de darme vuelta para pedirles que repitan la frase.  Luego estado civil, parejas, familias… hasta que se produjo un prolongado silencio. Se volvió inquietante por momentos. La oscuridad, el ronronear del motor en la ruta, monocorde y recta. Afuera la noche cerrada resaltaba las estrellas. Adentro solo había silencio con motor de fondo. Hasta que un sonido volvió a surgir por entre el asiento. Un gemido, un ruido de labios. Una satisfacción sugerida, experimentada y susurrada. Se acabaron las palabras. Ya no iba a ser partícipe de la conversación. Los gemidos se sucedían, se percibía la pasión por entre los asientos. De cuando en cuando me recordaban su existencia con algún movimiento en mi respaldo.  En algunos momentos susurraban sugerencias, indicaciones, exclamaciones (“no, pará…”,  “ esperá, me lo saco yo, tiene un broche complicado”, ”ay! Que bueno que te tocó este asiento, no?”) También las risitas cómplices.
Se estaban matando. Definitivamente. El último en subir y la de  esa voz seductora. Un poco de envidia me daban esos dos. Quien no sueña con un arrebato así? La intensidad crecía, se multiplicaba. El pudor y el recato iban desapareciendo. Mi cabeza estallaba. Mi imaginación no daba abasto. La de ellos tampoco, evidentemente… besos, gemidos, cierres, suspiros…
Hasta que el ómnibus bajó la velocidad, y se apartó de la ruta. Entró en un parador. No supe que hora era, pero estábamos cerca de la medianoche. Un momento antes de estacionar, se prendieron las luces del pasillo. Y se escuchó del chofer: “Villa Mercedes. Parada, 20 minutos”
Tardé en acostumbrarme a la luz. Algunos ya se paraban para bajar, estirar las piernas, tomar un café rápido, pasar por el baño. Otros preferían seguir durmiendo, y se tapaban la cabeza para evitar la luminosidad molesta. Todos, eso si, por sueño, por la hora o por respeto, no hablaban o apenas susurraban, para no alterar a los que preferían quedarse.
Esperé a bajar último. Tenía mucha curiosidad por ver a los protagonistas del radioteatro nocturno por primera vez. Y así fue. Primero pasó él. Un muchacho de unos veintipico, no muy alto, flaco y un tanto revuelto en sus pelos y ropa. Tenía aspecto de jugador de futbol, o algo parecido. Cuando había subido, no alcancé a verlo bien, pero no se diferenciaba mucho de lo que había atisbado. Luego pasó ella. Era absolutamente diferente a lo que mi imaginación me había convencido. Su edad no era definible. Podía tener entre 25 y 45 años. No era bella. Es mas, no tenía ningún atributo visual bello. Era bajita, muy fulera, su cabeza terminaba en los hombros sin ningún segmento intermedio. No existía el cuello en ese ser.  Su cabello también estaba desordenado, y llevaba la ropa desprolija yo creo que a modo de “trofeo”, para que todo el que la mirara supiera en que anduvo en el trayecto Mendoza – Villa Mercedes. Alcancé a adivinar que el flaco había caído en una trampa de la que se avivó solo cuando las luces del pasillo se encendieron.
Ya abajo, en la confitería, mientras todos esperábamos en un sepulcral silencio poder pedir en voz baja un café a una también dormida empleada, vi como ella pretendía abrazarlo, hacerle otra caricia, seguir con el juego, y el, lograba zafar elegantemente y apartarse otro momento.
Cuando volvimos a acomodarnos en nuestros asientos, el no volvió a subir. Ella suspiraba en vano y lanzó una queja al chofer cuando arrancaba para retomar la ruta.. 
- Espere, chofer, falta alguien!
- Señorita, están todos.
- No, el muchacho que estaba a mi lado no subió!
- ¿Uno morocho de campera azul? Me pidió la valija y se quedó en el parador. Por favor, vuelva a su asiento.

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