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Plataforma 17…
p Pero apúrese que ya debe estar
saliendo ese coche.
Corrí. Y llegué. Justo un poquito
antes que el chofer cerrara las bauleras, con lo que alcancé a despachar mi
bolso. No era muy grande, pero arriba no entraba en los buches. Tres días en
Mendoza por trabajo, y ya pegaba la vuelta a casa. Ahora tendría un viaje de
toda la noche, pero ya estaba acostumbrado. Y había seleccionado un asiento en
el medio, contra la ventana. Adelante no te dejan dormir las luces de los que
vienen, y atrás, suele ser muy molesto el ruido del motor. Así que subí.
Ultimo. Y tomé mi asiento. No iba muy lleno el viaje, así que no tenía
acompañante al lado.
A poco de salir, acomodé una
campera contra el vidrio y me recosté, intentando dormir. Tenía toda la noche
por delante. Entre la ventana y el respaldo de mi asiento quedaba un espacio,
por donde se amplificaban todos los sonidos que provenían del asiento de atrás.
Y la posición de mi cabeza dejaba a mi oreja apuntando directamente a ese
parlante. No tuve tiempo de mirar cuando
subí, así que no sabía si había otros pasajeros detrás. Pronto descubrí que si,
que alguien estaba sentado allí. Estaba solo. Sentía algún movimiento en mi
respaldo y escuchaba los sonidos de sus incomodidades, de su búsqueda de algo
en su aparato de música, de sus caramelos cuando se desvestían…
Un rato mas tarde, el servicio
hizo una escala, en donde subieron algunos pasajeros mas. Es un momento de
mucha tensión y encomendación. Sobre todo de quienes íbamos solos, sin
compartir el asiento. (quenovengaalmio, quenovengaalmio)… igual, solo un
pasajero se internó hasta nuestro sector… y se sentó en los asientos de atrás,
compartiéndolo con el de los caramelos. Era un muchacho, pude adivinar en la
penumbra. Y nuevamente volvimos a la ruta.
No pasó mucho tiempo para que mis
vecinos comenzaran una charla. El de los caramelos era ella. Tenía una voz
dulce y suave. Con esa cadencia cuyana que las vuelve mas suaves. La cuyana
(cuiana) tiene un tono suave y sugerente en su hablar. El nuevo compañero de
asiento también era cuyano. – A que hora llega a Buenos Aires este, sabes? – A
eso de las 9 de la mañana. – Ah, perfecto… entonces desde Retiro me voy derecho
a hacer los trámites. Vos? Vas por
trabajo? – No. Voy a visitar a mi hermana que vive allá. Y de paso me quedo unos días mirando
espectáculos. Me encantan Buenos Aires tiene eso, todo servido. En Mendoza
nunca hay nada! Con lo que me gusta el teatro…
Me había transformado en un
partícipe necesario en esa charla. Confieso que en algún punto me molestaba
porque no podía dormir, pero también es cierto que la curiosidad me llevaba a
seguir esa conversación que creían exclusiva.
Los temas se fueron sucediendo.
En plena oscuridad, la mayoría de los pasajeros dormía. Salvo ellos que seguían
conversando en susurros, pero que yo los escuchaba a todo volumen… estudios,
trabajos, viajes, personajes públicos… de lo mas variada la charla. Siempre en
susurros y vos baja. Confieso que a veces se me escapaba algún detalle y debía
adivinar, aunque mis ganas eran de darme vuelta para pedirles que repitan la
frase. Luego estado civil, parejas,
familias… hasta que se produjo un prolongado silencio. Se volvió inquietante
por momentos. La oscuridad, el ronronear del motor en la ruta, monocorde y
recta. Afuera la noche cerrada resaltaba las estrellas. Adentro solo había
silencio con motor de fondo. Hasta que un sonido volvió a surgir por entre el
asiento. Un gemido, un ruido de labios. Una satisfacción sugerida,
experimentada y susurrada. Se acabaron las palabras. Ya no iba a ser partícipe
de la conversación. Los gemidos se sucedían, se percibía la pasión por entre
los asientos. De cuando en cuando me recordaban su existencia con algún
movimiento en mi respaldo. En algunos
momentos susurraban sugerencias, indicaciones, exclamaciones (“no, pará…”, “ esperá, me lo saco yo, tiene un broche
complicado”, ”ay! Que bueno que te tocó este asiento, no?”) También las risitas
cómplices.
Se estaban matando.
Definitivamente. El último en subir y la de esa voz seductora. Un poco de envidia me daban
esos dos. Quien no sueña con un arrebato así? La intensidad crecía, se
multiplicaba. El pudor y el recato iban desapareciendo. Mi cabeza estallaba. Mi
imaginación no daba abasto. La de ellos tampoco, evidentemente… besos, gemidos,
cierres, suspiros…
Hasta que el ómnibus bajó la
velocidad, y se apartó de la ruta. Entró en un parador. No supe que hora era,
pero estábamos cerca de la medianoche. Un momento antes de estacionar, se
prendieron las luces del pasillo. Y se escuchó del chofer: “Villa Mercedes.
Parada, 20 minutos”
Tardé en acostumbrarme a la luz.
Algunos ya se paraban para bajar, estirar las piernas, tomar un café rápido,
pasar por el baño. Otros preferían seguir durmiendo, y se tapaban la cabeza para
evitar la luminosidad molesta. Todos, eso si, por sueño, por la hora o por
respeto, no hablaban o apenas susurraban, para no alterar a los que preferían
quedarse.
Esperé a bajar último. Tenía
mucha curiosidad por ver a los protagonistas del radioteatro nocturno por
primera vez. Y así fue. Primero pasó él. Un muchacho de unos veintipico, no muy
alto, flaco y un tanto revuelto en sus pelos y ropa. Tenía aspecto de jugador
de futbol, o algo parecido. Cuando había subido, no alcancé a verlo bien, pero
no se diferenciaba mucho de lo que había atisbado. Luego pasó ella. Era
absolutamente diferente a lo que mi imaginación me había convencido. Su edad no
era definible. Podía tener entre 25 y 45 años. No era bella. Es mas, no tenía
ningún atributo visual bello. Era bajita, muy fulera, su cabeza terminaba en
los hombros sin ningún segmento intermedio. No existía el cuello en ese ser. Su cabello también estaba desordenado, y
llevaba la ropa desprolija yo creo que a modo de “trofeo”, para que todo el que
la mirara supiera en que anduvo en el trayecto Mendoza – Villa Mercedes. Alcancé
a adivinar que el flaco había caído en una trampa de la que se avivó solo
cuando las luces del pasillo se encendieron.
Ya abajo, en la confitería,
mientras todos esperábamos en un sepulcral silencio poder pedir en voz baja un
café a una también dormida empleada, vi como ella pretendía abrazarlo, hacerle
otra caricia, seguir con el juego, y el, lograba zafar elegantemente y
apartarse otro momento.
Cuando volvimos a acomodarnos en
nuestros asientos, el no volvió a subir. Ella suspiraba en vano y lanzó una
queja al chofer cuando arrancaba para retomar la ruta..
- Espere, chofer, falta
alguien!
- Señorita, están todos.
- No, el muchacho que estaba a mi lado no subió!
- ¿Uno morocho de campera
azul? Me pidió la valija y se quedó en el parador. Por favor, vuelva a su
asiento.
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