LA
ESPERA
Pasó arrastrándose, casi
pidiéndose permiso un pie con el otro. Las tres de la tarde caían con todo el
peso de los cuarenta grados a la sombra del árbol de moras, el único lugar
donde se podía observar la llegada del tren sin ser visto por la gente. Las
llagas en las manos y unos pocos
billetes en el bolsillo remendado de su saco eran la prueba más evidente de que
la cosecha había terminado, y con ella su trabajo.
Había
soñado con vivir en un pueblo pujante, tener una casita blanca y un buen caballo,
pero para un croto eso es una utopía. Pitaba a lo lejos la bocina del tren. En
ese momento, una mano se posó sobre su hombro y lo sobresaltó. Antes de darse
vuelta, una voz muy dulce le dijo –
Quedate Manuel, sos el amor de mi vida. Si te quedás nos casamos y viviremos en
la chacra. El croto, que se llamaba José, no sintió necesidad de explicar
ni de explicarse que había llegado su oportunidad… tomó la mano de la mujer
ciega y partieron bajo el sol de los cuarenta grados perdiéndose en el pueblo.
María Fernanda Carro
3/4/12
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