Había
venido de Yugoeslavia y cuando lo conocí era un hombre de mediana edad y paso
lento. Era el verdulero del pueblo. Recuerdo salir corriendo a avisarle a mamá
que estaba el hombre del carro con las verduras y el viejo caballo marrón.
Pobre animal ahora se estaba acostumbrando al asfalto duro de las calles,
pero él nunca lo apuraba. Lo que más me
interesaba era la balanza con pesitas donde controlaba cuantos tomates,
morrones o zapallitos entraban en un kilo. Era amable, algo parco; chistoso, decía
mamá. Tenía una sonrisa amplia que le achicaba aún más esos ojos eslavos. Tal
vez a ella le divertía cómo se las arreglaba para hacerse entender en su duro
castellano.
Así
pasaba la vida, parecía solitaria en aquella quinta doblando al balneario. Sin
embargo, poco se la veía. Pero allí apareció, junto a él, alguien que nadie
esperaba; el corazón tiene sus razones;
no esperó ordenes, ese fue su pecado. Tal vez su risa contagiosa y su andar
ligero enamoraron a aquel hombre para toda la vida.
Ana
Keergaard
Abril
2012
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