Fuerza mayor
de María Crespo
Fue una noche larga. Lágrimas y rezos.
Ana sabía que debía ser esa madrugada, pero el dolor de
dejarlos era muy fuerte. Cuando bajo la luna, se vistió. Un cordón de su bota se
enganchó en algo y eso la obligo a agacharse. Desde allí vio un juguete de
madera de su hijo pequeño, lo tomó y guardó entre su ropa. Oyó el galope de un
caballo que se acercaba. Tenía que apurarse. Tomó el picaporte del portón y
salió al frío de la madrugada. Levantó con una mano su falda para no mojarse, y
corrió hasta el monte de álamos.
-- Vino temprano Peña
-- Antes del amanecer, dijo
-- No me despedí todavía, me falta...
-- Tengo cosas que hacer, sube o me voy ya?
-- ¡Usted es un impertinente!
-- Y usted no tiene otra manera de salir de este lugar con
vida, ¡suba!
Del caserío se escucharon voces que se transformaron en
gritos, y el galope tendido del caballo de Adolfo. Peña saco su arma y disparo.
Adolfo cayó de la montura boqueando sangre. El grito demencial de Ana se unió
al sonido de un trueno metalico que anunciaba una larga tormenta de otoño.
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