Se llamaba Abril. Llegó rengueando al aeropuerto de Malpensa con los minutos contados.
Menuda, morena, pasó el bolso y luego pasó ella misma por el detector de metales. La alarma sonó y le recomendarraon que se despojara de todo lo que sea metal: monedas, reloj, alhajas, etcétera.
Volvió a sonar la máquina y con impaciencia indisimulada los custodios le obligaron sacarse los zapatos, y una faja dorada que llevaba en la cintura. Por tercera vez la chicharra sonó.
Abril trató de explicarle que no llevaba nada. La hicieron desnudar. Tarde se acordó de su operación pélvica y su metálica prótesis. Herida en su pudor al exponer su intemperie desnuda, comprobó que ni el nudismo pudo salvarla.
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