lunes, 27 de agosto de 2012

Una maravillosa historia sin final de Paula Arcuri, del taller de los terceros sábados de mes


    RUTINA ROTA

               Volvía del colegio con mi rutina de siempre, caminar hasta la esquina, esperar el colectivo, luchar con la mochila y el libro gordo y pesado que llevaba en las manos porque no entraba en ningún lado.
                El viaje era siempre igual de aburrido, solo me entretenía  jugar a inventar historias de cada pasajero.  Una tarde, algo nos hizo salir de la rutina del recorrido habitual. El chofer se abrió unas cuadras  para una obligada carga de combustible. Allí, sin ningún indicio previo, vi una historia que jamás se me podría haber ocurrido. Un hombre bajando de su auto para ir al surtidor, su señora acompañándolo y dos preciosas nenas de colitas y guardapolvos impecablemente blancos y planchados.
Dónde está lo raro, ustedes dirán. Era mi padre.Ese hombre del cuál creía saber todo, tenía historias de hijas preciosas,  almidonadas y prolijas, risueñas y felices,  en las que yo no estaba.
      Entendí todo de inmediato,  pero no quise. Dudé. Lo postergué. Mil ideas cruzaron por mi mente. Mil excusas. Se me aflojaron las piernas. Sostenía el libro con las manos sudorosas, apretándolo contra el pecho como a un niño al que hay que proteger, o él me sostenía a mí, no se.
                  Creé los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina. No lo había visto, no era él, no era yo. Hasta encontré un cierto goce en el conocimiento. ¿Qué haría con tanta información? Dudas, preguntas, silencios. Un nerviosismo ahogado aceleraba mi pecho. Quería saber más. Lo necesitaba para seguir respirando.
                   Lo cierto fue que era cierto. Se acababa una historia y comenzaba otra para la cuál no había imaginado nada.


     Paula Arcuri

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