RUTINA ROTA
Volvía del colegio con mi rutina
de siempre, caminar hasta la esquina, esperar el colectivo, luchar con la
mochila y el libro gordo y pesado que llevaba en las manos porque no entraba en
ningún lado.
El viaje era siempre igual de
aburrido, solo me entretenía jugar a
inventar historias de cada pasajero. Una
tarde, algo nos hizo salir de la rutina del recorrido habitual. El chofer se
abrió unas cuadras para una obligada
carga de combustible. Allí, sin ningún indicio previo, vi una historia que
jamás se me podría haber ocurrido. Un hombre bajando de su auto para ir al
surtidor, su señora acompañándolo y dos preciosas nenas de colitas y
guardapolvos impecablemente blancos y planchados.
Dónde está lo raro, ustedes dirán. Era
mi padre.Ese hombre del cuál creía saber todo, tenía historias de hijas
preciosas, almidonadas y prolijas,
risueñas y felices, en las que yo no estaba.
Entendí todo de inmediato, pero
no quise. Dudé. Lo postergué. Mil ideas cruzaron por mi mente. Mil excusas. Se
me aflojaron las piernas. Sostenía el libro con las manos sudorosas,
apretándolo contra el pecho como a un niño al que hay que proteger, o él me
sostenía a mí, no se.
Creé los obstáculos más
falsos para esa cosa clandestina. No lo había visto, no era él, no era yo.
Hasta encontré un cierto goce en el conocimiento. ¿Qué haría con tanta
información? Dudas, preguntas, silencios. Un nerviosismo ahogado aceleraba mi
pecho. Quería saber más. Lo necesitaba para seguir respirando.
Lo cierto fue que era
cierto. Se acababa una historia y comenzaba otra para la cuál no había
imaginado nada.
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